Glaciares
Casquete polar ártico.
Groenlandia está en la parte superior derecha.
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El Casquete polar o capa de hielo, es la gran masa de hielo que cubre terrenos, islas y mares en altas latitudes, tanto en el Ártico como en la Antártida. Son el conjunto de glaciares que cubren un polo de la Tierra, o también de algún otro planeta como sucede en Marte, cuyos casquetes polares son de hielo seco.
Según se trate de la zona polar norte o sur, tenemos los siguientes casquetes polares:
Casquete polar antártico: Cubre el 98% de la Antártida y tiene un espesor promedio de 1,6 km.
Según se encuentre sobre áreas continentales u oceánicas, recibe las siguientes denominaciones:
Indlandsis: Son los grandes glaciares que cubren las áreas continentales e isla
Banquisa: Es la capa de hielo marino que se encuentra flotante en las regiones oceánicas polares.
Un indlandsis (en danés, «hielo interior») es una masa de hielo de gran espesor que cubre una región extensa de la superficie continental en las regiones polares de la Tierra. Se localizan en latitudes extremas con una extensión convencional de más de 50 000 km². En otros tiempos geológicos había un número mayor y cubrían una superficie más extensa, pero en la actualidad sólo cubren la Antártida y Groenlandia.
El término indlandsis se aplicó inicialmente a las zonas cubiertas por hielos permanentes de Groenlandia, Islandia y los archipiélagos árticos. En la actualidad, es usado por los geógrafos para referirse a todo campo de hielo de dimensiones continentales y que persiste durante siglos.
Los indlandsis poseen una forma cupular con una gran curvatura, independientemente del relieve que posea el sustrato en que están asentados. El peso del hielo (en las partes más profundas "hielo fósil") (en la Antártida llega a tener 2 000 m de espesor) provoca que la superficie de la litosfera bajo el hielo se encuentre en una buena parte bajo el nivel del mar. El hielo glaciar puede ser visto como una roca sólida que contribuye a la estructura de la corteza y condiciona su equilibrio isostático.
Durante los períodos glaciales, la extensión de las capas de hielo se amplía considerablemente: en el Würm o wurmiense, los casquetes se extendieron por Europa y Norteamérica hasta unos 45º grados de latitud.
Durante los períodos cálidos interglaciales, el retroceso de las capas de hielo deja señaladas huellas en el relieve de las tierras emergidas.
En primer lugar, se produce por isostasia una lenta elevación del territorio que ha estado bajo el hielo, y se presentan formaciones geofísicas características: escudos —extensas planicies y llanuras debidas a la fuerte erosión que causa la capa de hielo al avanzar y retroceder—. Esto se aprecia especialmente en el hemisferio norte, en donde destacan el Escudo Canadiense y el Escudo Báltico, lagos glaciares, colinas morrénicas (especialmente drumlins), valles de origen glaciar, fiordos, firths, rías, gigantescos cantos rodados y —como ocurre en la Patagonia argentina— picachos aislados (antiguos nunataks) llamados chihuidos.
El ser humano siempre ha sentido una atracción invencible hacia lo desconocido, y se ha entregado en cuerpo y alma a descorrer los velos del misterio allí donde estuvieren, sin detenerse ante los peores peligros y ni aún ante la posibilidad de enfrentar la muerte.
Las cumbres más altas del planeta, los desiertos más hostiles, los ríos cuyas fuentes nunca se han mostrado al hombre, las civilizaciones más inaccesibles y… los Polos, con sus nieves eternas y su blancura infinita que arrebata la razón y puebla el horizonte de espejismos no menos engañosos que aquellos con los que el desierto tienta a los osados que pretenden penetrar sus secretos.
Muchos han sido los hombres que se han aventurado a explorar los Polos de la Tierra. De todos ellos el más conocido y a quien la fama ha aureolado más es el noruego Roald Amundsen, verdadero titán cuyas hazañas están escritas en el Libro de Oro de la especie humana. Sin embargo, ha sido el norteamericano Richard Evelyn Byrd quien se ha convertido en una fuente de leyendas fascinantes sobre el Ártico, aunque hoy se le recuerda poco y mal, y sus testimonios sobre lo que vio en esas regiones despobladas no gozan de credibilidad.
Ciertamente, desde la Antigüedad los Polos aparecen sugeridos en las tradiciones de algunas culturas ancestrales en las que se hace referencia a una época remotísima en que el eje terrestre no estaba inclinado como hoy, sino que era perpendicular, y el clima era bien diferente del que conocemos.
Se dice que en aquel tiempo los Polos eran regiones verdes y fértiles muy pobladas y con una flora y una fauna muy ricas, y el mayor desierto del planeta, el Sahara, era un vergel donde muy bien pudo haber estado el Jardín del Edén del que hablan no solo la Biblia, sino también otros libros inaugurales que hacen referencia a una región paradisíaca cruzada por muchos ríos.
Ciertas pinturas rupestres de Tassili in Assier, en el Sahel, norte de África, muestran hombres remando en barcas, y es mundialmente conocida la Cueva de los Nadadores gracias al filme El paciente inglés, donde muchas pinturas muestran hombres que nadan en una corriente pletórica. Cuentan las leyendas que el choque de un gran cuerpo celeste con la Tierra provocó la inclinación del eje terrestre, y trajo por consecuencia un cambio climático que despobló esas regiones tan fértiles convirtiéndolas en las inmensas extensiones estériles y desoladas que vemos en la actualidad.
Otra versión del gran cataclismo es mundialmente célebre y habla del hundimiento de un inmenso continente, la Atlántida, hecho del que, si bien existen ciertos hallazgos arqueológicos, estos no son lo suficientemente contundentes como para ir más allá de la comprobación de un terremoto portentoso que hizo desaparecer en el mar algunas tierras, y cuyos efectos, en forma de maremotos y nubes de ceniza que oscurecieron una vasta zona de Europa y África, quedaron plasmados en las primeras formas literarias del pasado como alusiones a un gran diluvio e inundaciones que aniquilaron una gran parte de la humanidad y modificaron la geografía terrestre.
La historia del capitán Byrd (Winchester, Virginia, 25 de octubre de 1888–Boston, Massachusetts, 11 de marzo de 1957), se relaciona con estas leyendas y con otra que se deriva de ellas: la existencia de la Tierra Hueca, una serie de túneles y ciudades subterráneas donde supuestamente se habrían refugiado algunos grupos sobrevivientes del gran cataclismo, mientras que otros habrían llegado en sus embarcaciones a algunos puntos de Tierra firme como Egipto y hasta las costas de Yucatán, según afirman los libros sagrados del Popol Vuh y el Chilám Balám. Estos sobrevivientes habrían pertenecido a una humanidad anterior a la nuestra, probablemente del período terciario, por lo que tendrían características biogenéticas diferentes de las nuestras. En algunas versiones de la Tierra Hueca, esta “humanidad” sería un residuo de razas extraterrestres que fueron las primeras en poblar nuestro planeta.
Sin embargo, el capitán Byrd en sus comienzos era un hombre común aunque reputado por su gran valor personal, un militar norteamericano como tantos otros, un aviador que en 1925 realizó su primer vuelo sobre la isla Ellesmere partiendo desde una base en Groenlandia. El éxito del vuelo le hizo concebir el deseo de alcanzar el Polo Norte con su avión. Un año después voló sobre Kingsbay (ahora Ny-Alesund), Spitsbergen (Svalbard) a bordo de un monoplano Fokker, llevando como copiloto a Floyd Bennett.
A su regreso afirmó haber volado sobre el Polo Norte y anunció su intención de hacerlo también sobre el Polo Sur. Su hazaña le otorgó celebridad y financiamiento para llevar a cabo sus planes, que materializó en 1928. En esa ocasión partió de un campamento base ubicado en la punta norte de la isla Roosevelt, en el mar de Ross. Allí permaneció catorce meses preparando su proyecto. Finalmente voló en 1929. El descubrió la tierra que se llama Mary Byrd Land e importantes cadenas montañosas y exploró la tierra de Eduardo VII.
Como le había ocurrido a tantos otros antes que él, el tema de los Polos se le convirtió en una obsesión. Organizó otras tres expediciones entre 1939 y 1955, en las que utilizó, además, de aviones, helicópteros y submarinos, lo que permitió un conocimiento mucho más preciso sobre la Antártida y estableciendo su continentalidad. Le fue erigido un busto en la Base McMurdo, Isla de Ross, (Antártida).
Byrd también organizó la Operación Highjump, cuya denominación oficial era The United States Navy Antarctic Developments Program, o Programa de Desarrollos Antárticos de la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una serie de maniobras militares que tenían por objeto probar equipos militares y tropa en condiciones antárticas. Estas maniobras tendrían continuidad con la Operación Windmill (1947-1948) y la Operación Deep Freeze (1955-1956). Byrd peleó en las dos Guerras Mundiales y durante su vida de servicio como militar mereció numerosas condecoraciones que hablan de su gran prestigio en el Ejército de su país. Los hechos de su vida apuntan más a que fue un valeroso hombre de acción más que un fantasioso.
En uno de sus vuelos sobre el Polo Norte, realizado en 1947, ostentando Byrd el grado de Contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, voló una vez más al Polo Norte. A su regreso reportó cómo mientras volaba a 1 700 millas de altitud detectó una entrada por la que se introdujo con su avión. Escribió que una vez en el interior de la Tierra voló sobre montañas, lagos, ríos, y vio vegetación verde y vida animal, entre la que detectó unos mamíferos que le parecieron monstruosos y semejantes a los mamuts que se desplazaban entre la maleza. Encontró ciudades y una próspera civilización, y al final su aeronave fue saludada por máquinas voladoras de un tipo que nunca había visto antes, y que le acompañaron a un lugar de aterrizaje seguro donde fue recibido por dignatarios de aquel mundo subterráneo, quienes le aseguraron que le habían mostrado el acceso hasta ellos en reconocimiento a su gran valor y sentido ético. Afirmaron estar muy preocupados por su supervivencia debido a las bombas nucleares arrojadas por los norteamericanos en Japón, y creían llegado el momento de hacer contacto con la raza humana a fin de impedir que se autodestruyera y acabara también con aquel floreciente mundo subterráneo que vivía en paz. Cuando dieron por terminada la entrevista, aquellos seres le acompañaron de nuevo a la salida.
En 1956 Byrd dirigió una expedición al Polo Sur en la que aseguró haber penetrado 2 300 millas hacia el centro de la Tierra. A su regreso declaró la existencia de una Tierra Hueca de la cual los Polos solo son dos entradas de acceso, habiendo muchas más en otros untos del planeta. Afirmó que aquella Tierra Hueca tiene su propio sol.
Siempre se ha dicho que las revistas norteamericanas Platillos volantes y la muy prestigiosa y mundialmente célebre Nathional Geographic Magazine publicaron artículos sobre los descubrimientos de Byrd, pero todos los ejemplares fueron destruidos por el Gobierno de los Estados Unidos.
Esta historia más que fabulosa ha alimentado considerablemente la leyenda de una Tierra Hueca, que no fue inventada por Byrd, sino que existe desde siempre en numerosas cosmogonías primitivas, y fue muy explotada por los ideólogos nazis, quienes basaron en ella varias teorías para validar sus oscuros enfoques místicos sobre la ciencia y la naturaleza, y demostrar así la existencia de la fabulosa ciudad de Agarthi, cuna de una raza de señores de donde habrían salido los arios, la raza superior a la que, decían, pertenecían los alemanes.
¿Reportó Byrd ciertamente todo lo que se le atribuye con respecto a un inframundo poblado por una raza medio alienígena y medio humana creadora de una alta tecnología, o se trató de una apropiación de sus hazañas por parte de los fanáticos de una de las más fascinantes teorías conspiracionistas de todos los tiempos? Hoy, en los medios científicos de los Estados Unidos, algunos grupos dudan de que, en realidad, Byrd haya volado alguna vez sobre el Polo Norte. Estas dudas se confirmaron cuando en 1996 fue hallado su diario de vuelo, en el que las anotaciones del sextante parecían haber sido borradas y sobrescritas con datos que luego aparecieron en el informe oficial de este explorador de los Polos. Pero cuesta trabajo creer en la mendacidad de un militar cubierto de medallas y que aportó tanto al conocimiento geográfico y climático de zonas de la Tierra que ocupan un lugar impresionante en el imaginario de la Humanidad.
La historia de Richar Evelyn Byrd ilustra perfectamente la importancia que siempre han tenido los Polos terrestres en el pensamiento tanto científico como mágico de la Humanidad, y sirve, junto a la de otros muchos exploradores de esas regiones, para entender por qué hoy, precisamente cuando la parte sensata de la Humanidad tiembla ante los efectos inminentes de un cambio climático cuya irreversibilidad ya parece independiente de la voluntad humana, algunos sectores vinculados a la alta política y a la ciencia puesta al servicio de los grandes capitales se frotan las manos de placer imaginando todas las ventajas que podrían obtener, en muchos campos, del deshielo de los casquetes polares.
Una vez más la especulación y la fantasía coquetean con el pensamiento mágico, pues magia tendría que hacerse para que la humanidad pudiera sobrevivir a los efectos del calentamiento global: inviernos polares sobre todo el planeta, extinción de la mayor parte de la flora y la fauna que hoy conocemos, desaparición bajo las aguas de un elevado número no solo de tierras costeras, sino de ciudades de primerísimo importancia alejadas del mar, envenenamiento de la atmósfera por dióxido de carbono, metano y otros gases incompatibles con la vida, desaparición del efecto albedo y otros muchos males que se avecinan sobre nuestro planeta y todas las especies que hoy, todavía, lo pueblan.
El ser humano siempre ha sentido una atracción invencible hacia lo desconocido, y se ha entregado en cuerpo y alma a descorrer los velos del misterio allí donde estuvieren, sin detenerse ante los peores peligros y ni aún ante la posibilidad de enfrentar la muerte.
Las cumbres más altas del planeta, los desiertos más hostiles, los ríos cuyas fuentes nunca se han mostrado al hombre, las civilizaciones más inaccesibles y… los Polos, con sus nieves eternas y su blancura infinita que arrebata la razón y puebla el horizonte de espejismos no menos engañosos que aquellos con los que el desierto tienta a los osados que pretenden penetrar sus secretos.
Muchos han sido los hombres que se han aventurado a explorar los Polos de la Tierra. De todos ellos el más conocido y a quien la fama ha aureolado más es el noruego Roald Amundsen, verdadero titán cuyas hazañas están escritas en el Libro de Oro de la especie humana. Sin embargo, ha sido el norteamericano Richard Evelyn Byrd quien se ha convertido en una fuente de leyendas fascinantes sobre el Ártico, aunque hoy se le recuerda poco y mal, y sus testimonios sobre lo que vio en esas regiones despobladas no gozan de credibilidad.
Ciertamente, desde la Antigüedad los Polos aparecen sugeridos en las tradiciones de algunas culturas ancestrales en las que se hace referencia a una época remotísima en que el eje terrestre no estaba inclinado como hoy, sino que era perpendicular, y el clima era bien diferente del que conocemos.
Se dice que en aquel tiempo los Polos eran regiones verdes y fértiles muy pobladas y con una flora y una fauna muy ricas, y el mayor desierto del planeta, el Sahara, era un vergel donde muy bien pudo haber estado el Jardín del Edén del que hablan no solo la Biblia, sino también otros libros inaugurales que hacen referencia a una región paradisíaca cruzada por muchos ríos.
Ciertas pinturas rupestres de Tassili in Assier, en el Sahel, norte de África, muestran hombres remando en barcas, y es mundialmente conocida la Cueva de los Nadadores gracias al filme El paciente inglés, donde muchas pinturas muestran hombres que nadan en una corriente pletórica. Cuentan las leyendas que el choque de un gran cuerpo celeste con la Tierra provocó la inclinación del eje terrestre, y trajo por consecuencia un cambio climático que despobló esas regiones tan fértiles convirtiéndolas en las inmensas extensiones estériles y desoladas que vemos en la actualidad.
Otra versión del gran cataclismo es mundialmente célebre y habla del hundimiento de un inmenso continente, la Atlántida, hecho del que, si bien existen ciertos hallazgos arqueológicos, estos no son lo suficientemente contundentes como para ir más allá de la comprobación de un terremoto portentoso que hizo desaparecer en el mar algunas tierras, y cuyos efectos, en forma de maremotos y nubes de ceniza que oscurecieron una vasta zona de Europa y África, quedaron plasmados en las primeras formas literarias del pasado como alusiones a un gran diluvio e inundaciones que aniquilaron una gran parte de la humanidad y modificaron la geografía terrestre.
La historia del capitán Byrd (Winchester, Virginia, 25 de octubre de 1888–Boston, Massachusetts, 11 de marzo de 1957), se relaciona con estas leyendas y con otra que se deriva de ellas: la existencia de la Tierra Hueca, una serie de túneles y ciudades subterráneas donde supuestamente se habrían refugiado algunos grupos sobrevivientes del gran cataclismo, mientras que otros habrían llegado en sus embarcaciones a algunos puntos de Tierra firme como Egipto y hasta las costas de Yucatán, según afirman los libros sagrados del Popol Vuh y el Chilám Balám. Estos sobrevivientes habrían pertenecido a una humanidad anterior a la nuestra, probablemente del período terciario, por lo que tendrían características biogenéticas diferentes de las nuestras. En algunas versiones de la Tierra Hueca, esta “humanidad” sería un residuo de razas extraterrestres que fueron las primeras en poblar nuestro planeta.
Sin embargo, el capitán Byrd en sus comienzos era un hombre común aunque reputado por su gran valor personal, un militar norteamericano como tantos otros, un aviador que en 1925 realizó su primer vuelo sobre la isla Ellesmere partiendo desde una base en Groenlandia. El éxito del vuelo le hizo concebir el deseo de alcanzar el Polo Norte con su avión. Un año después voló sobre Kingsbay (ahora Ny-Alesund), Spitsbergen (Svalbard) a bordo de un monoplano Fokker, llevando como copiloto a Floyd Bennett.
A su regreso afirmó haber volado sobre el Polo Norte y anunció su intención de hacerlo también sobre el Polo Sur. Su hazaña le otorgó celebridad y financiamiento para llevar a cabo sus planes, que materializó en 1928. En esa ocasión partió de un campamento base ubicado en la punta norte de la isla Roosevelt, en el mar de Ross. Allí permaneció catorce meses preparando su proyecto. Finalmente voló en 1929. El descubrió la tierra que se llama Mary Byrd Land e importantes cadenas montañosas y exploró la tierra de Eduardo VII.
Como le había ocurrido a tantos otros antes que él, el tema de los Polos se le convirtió en una obsesión. Organizó otras tres expediciones entre 1939 y 1955, en las que utilizó, además, de aviones, helicópteros y submarinos, lo que permitió un conocimiento mucho más preciso sobre la Antártida y estableciendo su continentalidad. Le fue erigido un busto en la Base McMurdo, Isla de Ross, (Antártida).
Byrd también organizó la Operación Highjump, cuya denominación oficial era The United States Navy Antarctic Developments Program, o Programa de Desarrollos Antárticos de la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una serie de maniobras militares que tenían por objeto probar equipos militares y tropa en condiciones antárticas. Estas maniobras tendrían continuidad con la Operación Windmill (1947-1948) y la Operación Deep Freeze (1955-1956). Byrd peleó en las dos Guerras Mundiales y durante su vida de servicio como militar mereció numerosas condecoraciones que hablan de su gran prestigio en el Ejército de su país. Los hechos de su vida apuntan más a que fue un valeroso hombre de acción más que un fantasioso.
En uno de sus vuelos sobre el Polo Norte, realizado en 1947, ostentando Byrd el grado de Contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, voló una vez más al Polo Norte. A su regreso reportó cómo mientras volaba a 1 700 millas de altitud detectó una entrada por la que se introdujo con su avión. Escribió que una vez en el interior de la Tierra voló sobre montañas, lagos, ríos, y vio vegetación verde y vida animal, entre la que detectó unos mamíferos que le parecieron monstruosos y semejantes a los mamuts que se desplazaban entre la maleza. Encontró ciudades y una próspera civilización, y al final su aeronave fue saludada por máquinas voladoras de un tipo que nunca había visto antes, y que le acompañaron a un lugar de aterrizaje seguro donde fue recibido por dignatarios de aquel mundo subterráneo, quienes le aseguraron que le habían mostrado el acceso hasta ellos en reconocimiento a su gran valor y sentido ético. Afirmaron estar muy preocupados por su supervivencia debido a las bombas nucleares arrojadas por los norteamericanos en Japón, y creían llegado el momento de hacer contacto con la raza humana a fin de impedir que se autodestruyera y acabara también con aquel floreciente mundo subterráneo que vivía en paz. Cuando dieron por terminada la entrevista, aquellos seres le acompañaron de nuevo a la salida.
En 1956 Byrd dirigió una expedición al Polo Sur en la que aseguró haber penetrado 2 300 millas hacia el centro de la Tierra. A su regreso declaró la existencia de una Tierra Hueca de la cual los Polos solo son dos entradas de acceso, habiendo muchas más en otros untos del planeta. Afirmó que aquella Tierra Hueca tiene su propio sol.
Siempre se ha dicho que las revistas norteamericanas Platillos volantes y la muy prestigiosa y mundialmente célebre Nathional Geographic Magazine publicaron artículos sobre los descubrimientos de Byrd, pero todos los ejemplares fueron destruidos por el Gobierno de los Estados Unidos.
Esta historia más que fabulosa ha alimentado considerablemente la leyenda de una Tierra Hueca, que no fue inventada por Byrd, sino que existe desde siempre en numerosas cosmogonías primitivas, y fue muy explotada por los ideólogos nazis, quienes basaron en ella varias teorías para validar sus oscuros enfoques místicos sobre la ciencia y la naturaleza, y demostrar así la existencia de la fabulosa ciudad de Agarthi, cuna de una raza de señores de donde habrían salido los arios, la raza superior a la que, decían, pertenecían los alemanes.
¿Reportó Byrd ciertamente todo lo que se le atribuye con respecto a un inframundo poblado por una raza medio alienígena y medio humana creadora de una alta tecnología, o se trató de una apropiación de sus hazañas por parte de los fanáticos de una de las más fascinantes teorías conspiracionistas de todos los tiempos? Hoy, en los medios científicos de los Estados Unidos, algunos grupos dudan de que, en realidad, Byrd haya volado alguna vez sobre el Polo Norte. Estas dudas se confirmaron cuando en 1996 fue hallado su diario de vuelo, en el que las anotaciones del sextante parecían haber sido borradas y sobrescritas con datos que luego aparecieron en el informe oficial de este explorador de los Polos. Pero cuesta trabajo creer en la mendacidad de un militar cubierto de medallas y que aportó tanto al conocimiento geográfico y climático de zonas de la Tierra que ocupan un lugar impresionante en el imaginario de la Humanidad.
La historia de Richar Evelyn Byrd ilustra perfectamente la importancia que siempre han tenido los Polos terrestres en el pensamiento tanto científico como mágico de la Humanidad, y sirve, junto a la de otros muchos exploradores de esas regiones, para entender por qué hoy, precisamente cuando la parte sensata de la Humanidad tiembla ante los efectos inminentes de un cambio climático cuya irreversibilidad ya parece independiente de la voluntad humana, algunos sectores vinculados a la alta política y a la ciencia puesta al servicio de los grandes capitales se frotan las manos de placer imaginando todas las ventajas que podrían obtener, en muchos campos, del deshielo de los casquetes polares.
Una vez más la especulación y la fantasía coquetean con el pensamiento mágico, pues magia tendría que hacerse para que la humanidad pudiera sobrevivir a los efectos del calentamiento global: inviernos polares sobre todo el planeta, extinción de la mayor parte de la flora y la fauna que hoy conocemos, desaparición bajo las aguas de un elevado número no solo de tierras costeras, sino de ciudades de primerísimo importancia alejadas del mar, envenenamiento de la atmósfera por dióxido de carbono, metano y otros gases incompatibles con la vida, desaparición del efecto albedo y otros muchos males que se avecinan sobre nuestro planeta y todas las especies que hoy, todavía, lo pueblan.

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